Los otros parques temáticos

Los otros parques temáticos

Es indudable que la implantación del parque temático Puy du Fou en Toledo vino a complementar la actividad turística y cultural de la ciudad, entre otras cosas, dando más luz y vida a las afamadas noches toledanas.

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Lógicamente estas inversiones son siempre muy bien recibidas por las administraciones, que se vuelcan con los promotores en todo tipo de ayudas y facilidades, por aquello de atraer dinero al terruño y los puestos de trabajo que pueden llegar a generan.

Sin embargo, existe otros parques temáticos,  ni tan bien tratados y menos publicitados, quizás porque en ellos sea menos vistoso cortar la cinta de inauguración o porque llevan abiertos siglos y no cierran a ninguna hora, aunque algunas de sus actividades y espectáculos agonicen, me refiero al mundo rural en general y sus pueblos en particular.

Allí, en los pueblos, la historia que se cuenta en Puy du Fou no es de cartón piedra, los actores no habrán estudiado interpretación, sin embargo interpretan la vida con una sapiencia y retranca que para sí querría el mismísimo Quevedo. Allí, en los pueblos, los edificios históricos y representativos rezuman el paso de los tiempos, algunos han tenido la fortuna de ser rehabilitados, otros en cambio tiene el triste honor de estar en la lista roja de Hispania Nostra y muchos castillos, palacios o conventos, con un considerable valor histórico y artístico, están en manos de particulares, sin que se establezcan por parte de las administraciones convenios encaminados a establecer un equilibrio entre lo privado y el disfrute de los visitantes.

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En esos ‘otros parques temáticos’ los mercados, tahonas, mesones, rebosan de productos naturales, elaborados con el cariño y dedicación que ponen las manos artesanas, donde, por ejemplo, aún se mantiene la palabra guisar en vez de cocinar, como una acción de estar pendiente de la hoya o el puchero y donde los tenedores son solo utensilios para el necesario arte del buen yantar y no como símbolo del reconocimiento dado por no sé qué jurado de triperos.

También allí, en los pueblos, se puede percibir los olores de las almazaras en la campaña de molienda de la aceituna o el olor del mosto y hollejo de las bodegas tras la vendimia, o el olor a pan recién hecho de las tahonas y cómo no, el olor a pueblo; ese inconfundible e intangible aroma a tranquilidad y sosiego que, por ejemplo, se percibe al fresco con los vecinos en una noche de verano tras un bochornoso día.

En esos ‘otros parques temáticos’ todo es auténtico, desde las murallas a los arrabales, desde el buhonero que en estos tiempos iba repartiendo con su furgón las viandas para el avío, hasta avistar a un pastor en el horizonte y plasmar esa imagen en una foto digital como un recuerdo del pasado y de un futuro incierto.

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Sería muy difícil de enumerar todas las actividades y sensaciones que los visitantes pueden experimentar en esos ‘otros parque temáticos’, tan difícil de enumerar como la cantidad de acciones que las administraciones, empezando por la municipal y por supuesto la autonómica, podrían desarrollar para explotar todo el potencial que poseen los pueblos de Castilla-La Mancha. Solo se pide un poquito de imaginación, trabajo e ilusión porque tenemos la obligación y responsabilidad y comunicar que hay un mundo por descubrir a una hora de Madrid y a ocho de Nueva York.

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