¿Evolución?

¿Evolución?
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La lógica natural del ser humano es evolucionar social y tecnológicamente, en teoría para tener una vida más próspera y feliz. Sin embargo, por esa evolución tenemos que pagar un peaje, el peaje de ir dejando atrás otras formas de vida con las que crecimos y que nos eran cotidianas.

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Así poco a poco y en nombre de esa mal entendida evolución natural, un día quieres criar un cerdo en casa y te ponen más trabas que para entrar en un complejo militar de EEUU y ya ni digamos si se te ocurre hacer matanza…, entonces recurres a comprar la carne en una carnicería y hacer el guiso de los chorizos en la cocina de casa, eso sí en una encimera de última generación y con una picadora que funciona con Alexia. Pero seamos sinceros, chorizos saldrán, pero ni comparación a los que se hacían en casa de tus padres con aquel guarro criado con harina cebada y los desechos de la casa. Y es entonces al probar tus chorizos es cuando te das cuenta que ya hemos perdido el sabor de los de antaño.

Algo parecido ocurre cuando quieres poner el Belén. Cuando éramos niños y llegaban estas fechas íbamos a coger musgo en las umbrías de los riscos más próximos al pueblo, al parecer ahora es una práctica prohibida por ese excesivo conservadurismo medioambiental, entonces me imagino a los críos de hoy yendo a un chino a comprar alguna especie de césped artificial para su Belén. Seguro que la cara de San José será todo un poema.

Tampoco parece estar bien vista la actividad cinegética y todo lo que la rodea, como somos un país de bandazos donde no hay término medio, hemos pasado de envenenar urracas; matar culebras; poner lazos a los zorros o disparar a diestro y siniestro a cualquier aguilucho,  con la única intención de aumentar las poblaciones de perdices en los cotos, a una sobre protección de muchas especies provocando que exista un desequilibrio en la propia naturaleza, por lo que ahora sales al campo y ni ves ni oyes una perdiz, pero con un poco de suerte te puedes topar con un nauseabundo meloncillo, otro invento de este mundo tan evolucionado.

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Y si  queremos rizar el rizo, podemos ver como estamos cambiando en las relaciones sociales y el trato entre hombres y mujeres. Recuerdo como los vendedores ambulantes paraban en las esquinas o plazuelas a vender la fruta y la verdura fresca y a las cuatro voces de éstos, en un momento se producía un corrillo y una tertulia entre las vecinas y el vendedor, ahora, en cambio, compramos los relucientes pimientos envasados con sabor a plástico y las tertulias las hemos cambiado por los grupos de WhatsApp. Evolución lo llaman.

En esta irremediable evolución social hacia la que llevan, con toda seguridad las personas tendrán mejor calidad de vida, vivirán más años, tendrán más tiempo para el ocio, etc., pero dudo que sean más felices, pues la felicidad se compone de las pequeñas cosas cotidianas esas que ahora vamos dejando atrás: un taquito de chorizo casero; la alegría con la que un niño recoge el musgo para el Belén; el canto de una perdiz o las tertulias y las risas entre un vendedor ambulante y sus clientas en la plazuela de un pueblo.

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