En la bodega de Venta de Aires

Luis Buñuel fundó la Orden de Toledo un 18 de marzo de hace cien años

Luis Buñuel fundó la Orden de Toledo un 18 de marzo de hace cien años
Una de las reuniones de la Orden de Toledo.
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Fue el 18 de marzo de 1923 cuando un grupo de escritores vanguardistas y artistas jóvenes como Luis Buñuel, Salvador Dalí, Federico García Lorca o Rafael Alberti fundaron la Orden de Toledo en Venta de Aires. Un grupo de amigos que supo captar la realidad paralela de la ciudad de las tres culturas para dejarse llevar, evadirse, soñar, divertirse, aprender y, sobre todo, disfrutar. 

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Ellos descubrieron que Toledo alberga un indudable halo de misterio, un lugar especial donde pueden suceder cosas inesperadas, un espacio revelador de otras realidades y una ventana abierta a la imaginación. Así, la ciudad fue aliento para los ilustres miembros de la bien bautizada Orden de Toledo.

Han pasado ya cien años desde que un jovencísimo Luis Buñuel fundó la Orden de Toledo en el día de San José bajo los preceptos básicos de vagar durante toda una noche por Toledo, borracho y en completa soledad, no lavarse durante la estancia, acudir a la ciudad una vez al año, amar a Toledo por encima de todas las cosas y velar el sepulcro del Cardenal Tavera.

Esta misma esencia de los jóvenes, por aquel entonces desconocidos, supo contagiar a los intelectuales y artistas más cercanos de la generación del 27, dando luz a la intelectualidad del siglo XX. Así, poco a poco, fue creciendo el número de caballeros de la Orden de Toledo con la llegada de Federico García Lorca, Dalí y Rafael Alberti, entre otros. 

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La historia e incertidumbre de la ciudad fue el ánimo para que estos miembros de la orden recorrieran las calles de Toledo bajo lo que Buñuel citaba como “una belleza que desprende un ambiente indefinible”.

Juergas y rutas

Las juergas, en un estado rayano en el delirio, fomentado por el alcohol, caracterizaban la presencia de estos caballeros en la Ciudad Imperial. En sus rutas era costumbre almorzar en tascas, siendo su predilecta la Venta de Aires, donde siempre pedían tortilla a caballo (con carnes de cerdo), una perdiz y vino blanco de Yepes.

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Después había que pasear por la ciudad para amar a Toledo sin reserva, emborracharse por lo menos durante toda una noche y vagar por las calles. Una aventura que terminaba en la Posada de la Sangre –situada junto a la plaza de Zocodover–, como lugar para hospedarse.

Desde entonces, Venta de Aires ha sido, y sigue siendo, un nexo de unión entre el arte, la cultura y la historia de la ciudad de Toledo.

Su bodega, un rincón acogedor y misterioso donde afloró esta Orden, aún mantiene la esencia de la época que evoca sentimientos y sensaciones especiales a quienes tienen el privilegio de visitarla. 

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