viernes, 7 agosto 2020

De tumbo en tumba durante la pandemia

Cada cual y cada quien sacará lo que más le pete y afecte de esta devastadora crisis pandémica que todavía nos asola casi a solas y, precisamente y valga la rebuznancia, por estos territorios comanches domina la sensación de que la puta base ciudadana está más sola que la una en la salud y, sobre todo, en la enfermedad.

Por las ventanas de las casitas del barrio alto, que cantaba Víctor Jara, han asomado y avergonzado cuentacuentos, cuentamuertos, cuentaeuros, cuentavotos, cuentagente y hasta cuentakilómetros, que casi lo único que han aportado al confinamiento y consiguiente confitamiento ha sido tensión, bronca, incertidumbre, bajeza, vileza y cantidades industriales de vergüenza ajena.     

Por aquí abajo hemos vivido, sufrido y asumido, a ver, tú verás, las restricciones familiares, sociales, laborales y económicas de un estado de alarma que, paradójicamente, al único que no ha alarmado ha sido al estado.

Extendiendo y entendiendo por estado al conjunto de mandamases, mandafases y mandabases patrios; estando, respecto a la ocupación de las ambicionadas poltronas, en activo o ‘in itinere’.

Sí han sonado con fuerza las alarmantes sirenas pandémicas, en cambio, por todos los confines personales y profesionales de un pueblo llano, ahora menos sano por obra y desgracia del coronavirus, que ha transitado durante estos demoledores meses de tumbo en tumba, dando brincos y vueltas entre pañales y sudarios, que decía Miguel Hernández. Otro rojo.

Tumbos laborales y económicos por imposición de unas restricciones que han arrasado empleos y negocios, mayoritariamente por aquí abajo digo e insisto, pañales institucionales en forma de mínimas y efímeras ayudas que tan sólo consiguen que la orina y la mierda sociolaboral no inunde casas y calles y, al fin, tumbas que miles de conciudadanos han enfilado con tristes y vergonzantes sudarios de soledad e impunidad, por causas, cosas y casos todavía por dirimir.

Y todo ello, manda huevos, con un ejemplar, sacrificado y solidario compromiso ciudadano que se ha extendido desde los desesperados y desamparados sanitarios hasta la barra del último bar cerrado, pasando por comerciantes, reponedores, abastecedores y otros muchísimos ‘ores’ dignos de ‘oles’.

Prácticamente más solos que la una, reitero, pero demostrando una unión, una fortaleza y un compromiso con los demás que les hace, efectivamente, esencial para el mantenimiento y fortalecimiento de lo que viene siendo la causa humana.

Una definición, la de esencial, que tal vez haya sido la más acertada aportación, aunque meramente lingüística, de los que día a día, comparecencia a comparecencia, demuestran que son totalmente previsibles, prescindibles y cuasi invisibles en la salud y, sobre todo, en la enfermedad.

Al menos, gran parte de ellos y ellas. Una pena. Otra más.

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