martes, 20 octubre 2020
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Parásitas

El otro día salí encantado del cine. En este mundo del copia y pega en el que nos movemos, en el que te invaden ora las inmobiliarias ora las casas de apuestas y en el que el perfil bajo está generalizado, la originalidad, la inteligencia y la profesionalidad siguen teniendo premio. Afortunadamente.

Sin ser entendido en el séptimo arte me atrevo a decir que ‘Parásitos’ no es la mejor película de la historia del cine como para haber hecho historia en el cine. Sin duda, un guión original inteligente y en los tiempos que corren ha sido la clave de su éxito.

El otro día salí desencantado del cine. Uno, que con la llegada de los cines Renoir sintió que se perdería la magia marginal de los Alphaville, no deja de alucinar con las propuestas que las grandes salas -muchas veces únicas- brindan en ciudades pequeñas con esas películas comerciales, manidas y remakeketeadas, violentas y/o chabacanas, sin chicha ni poso, y los llenos que generan.

El otro día, un viernes a las diez de la noche, éramos cuatro, y la mitad (ambas exageraciones) estaba ahí viendo una película no comercial al uso pero oscarizada, más para poder fardar que otra cosa, y más pendientes del móvil que de una buena muestra de imaginación inteligente plasmada en el celuloide.

Y, claro, de vuelta a casa me ausenté mientras mi mujer ejercía en solitario en nuestro habitual intercambio de pareceres y análisis sobre lo visto en la gran pantalla. No podía. Estaba imbuido por el símil, la analogía, la comparación y la semejanza con esta Talavera de nuestros pecados –magister dixit Emilio Jiménez-.

Porque cualquiera que haya visto la película lo primero que se cuestiona es si los parásitos son los que saben y quieren pero no tienen y se las ingenian para tener a costa de los que tienen y no saben ni quieren, o al revés; o cuáles de esos parásitos son los beneficiosos y cuáles los dañinos.

Hasta ahora y en lo referente a la cerámica de Talavera los que no saben pero tienen se habían limitado a poner en liza distintas propuestas sin enjundia ni resolutivas; de miras bajas – a la altura de los objetivos y los flashes, vamos- con postreros alardes caóticos sinsentido en los que se les ha llenado la boca de “seña de identidad” y de frasecitas por el estilo, pero que a escasas semanas de esa histórica cita en Bogotá una de sus cabezas visibles y crucial, y muy bien remunerada por cierto, no sabía de la misa la media. Para llorar.

Mientras, y durante años de duro trabajo un grupo de profesionales, la mayoría mujeres, de las que saben y quieren pero no tienen, se las ha ingeniado para, alimentándose de los que tienen y que han demostrado sobradamente que ni saben ni quieren saber, obtener un logro a día de hoy todavía no cuantificable a la par que incalculable para el futuro, no ya de la cerámica sino de toda una ciudad.

El otro día al acostarme pensé que a ese extraordinario logro ciudadano le quedaba aún mucho recorrido por las altas esferas y cuando el desencanto me parasitaba… me dormí. Afortunadamente.

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