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viernes, 28 febrero 2020

Malpica de Tajo, los morraches y la fiesta de San Sebastián

Francisco Corral, autor de este artículo.

Existirán pocas fiestas populares que se vivan con una participación tan intensa y entusiasta de toda la población, como las Fiestas de San Sebastián en Malpica de Tajo. Ningún malpiqueño quiere perderse esos días; y el que se encuentra lejos del pueblo, hace todo lo posible por volver.

Y no es porque sí, ni por casualidad. Sino porque en nuestra fiesta “del Santo” confluyen y se funden antiquísimas tradiciones que se han mantenido vivas a través de los siglos. Y es ésta una de las razones que explican su enorme atractivo y su fuerte arraigo popular.

En primer lugar, la tradición cristiana, que es el elemento central de la fiesta, con la veneración a San Sebastián, el mártir romano que durante siglos fue considerado protector contra la peste. Malpica está situada al borde del Tajo y suele dar la media anual de temperatura más alta de la provincia; esas condiciones la hacían especialmente vulnerable a las epidemias de “tercianas” (paludismo) y de peste.

Las epidemias de Peste Negra de1347 y 1488 castigaron la población con especial virulencia. Y en la fachada del Ayuntamiento se conserva una placa de reconocimiento a los Marqueses de Malpica por la ayuda prestada durante la gran epidemia del año 1918. Se comprende, por tanto, que la particular devoción a ese Santo, invocado contra las pestes, tenga muy profundo arraigo en el pueblo.

Pero la fiesta va mucho más allá de esa veneración religiosa; y en ella participan por igual los muy devotos, los poco devotos y los nada devotos. Y es que en la fiesta perviven otras raíces incluso más ancestrales, como la tradición del antiguo Carnaval, de origen celta, que representaba mitos relacionados con la fertilidad de la tierra, las fuerzas de la naturaleza, el ciclo de las estaciones y el eterno retorno de la vida.

Ya en época romana, estas celebraciones se asimilaron con las “kalendasianuarias” que se realizaban al inicio del año. Y siglos después, cuando el cristianismo se extendió por toda Europa, el Carnaval se integró como fiesta de despedida de la carne y de los excesos, antes de comenzar el tiempo de ayuno y sacrificio de la Cuaresma; eran las llamadas “Carnestolendas” (dejar la carne), como expresaba la tradicional letrilla: “Hoy comamos y bebamos y cantemos y folguemos, que mañana ayunaremos”. La pervivencia de esa antiquísimo Carnaval se hace evidente en la figura de los Morraches, personajes que son esenciales a la fiesta, pues la llenan de ruido, de color, de diversión y de burlas.

Los morraches y la imagen de San Sebastián a la puerta de su ermita en Malpica de Tajo.

Y una tercera raíz nos habla de la tradición cultural hispanoárabe: El valle del medio Tajo estuvo bastante poblado durante los siglos de presencia árabe, como testimonian los rasgos mudéjares de las iglesias de pueblos vecinos (Erustes,Mesegar,Carpio) y del propio castillo de Malpica.Herencia de esa tradición hispanoárabe es el término morrache, trascripción directa de la palabra árabe moharrach,que además tenía precisamente el significado de “bufón”, personaje disfrazado y vestido de mojiganga que divierte haciendo bromas y burlas.

Un importante factor de integración es el hecho de que vestirse demorrache no está limitado a los miembros de la Hermandad de San Sebastián, ni a un grupo determinado. Cualquier persona del pueblo puede ejercer de morrache, pues la Hermandad facilita cada día trajes, cencerros, cachiporras y demás elementos, a todo el que desee participar.

Una anécdota vivida hace tiempo ilustra perfectamente la fuerte identificación del pueblo con esas ancestrales tradiciones: Ancianos que lo vivieron cuentan que hace muchos años un párroco quiso suprimir los morraches. Sucedió que el obispo de la diócesis asistió a la misa mayor del día de San Sebastián y a su procesión; y algunos morraches tuvieron la ocurrencia de hacerle objeto de sus bromas.

Los morraches son los auténticos animadores de la fiesta de San Sebastián en Malpica de Tajo.

El párroco se lo tomó muy a mal, pues juzgó (no sin razón) que era una desconsideración hacia la dignidad del prelado; y decidió acabar con los morraches. Como fue encontrando resistencia pasiva entre la gente del pueblo y la Hermandad de San Sebastián, tomóla sartén por el mango y, pocos días antes de la fiesta, puso bajo llave los trajes de los morraches que pertenecían a la Hermandad y se guardaban en una dependencia de la parroquia.

Llegado el día de la fiesta, el pueblo acudió a la ermita para llevar en procesión, como cada año, la imagen del Santo hasta la iglesia del pueblo; y no se veían morraches por ninguna parte. Pero, apenas la imagen del Santo traspasó el umbral de la ermita, comenzó a escucharse el estruendo de los cencerros e hizo su aparición un tropel de morraches que había permanecido escondidos y silenciosos tras las tapias del cementerio, contiguo a la ermita.

Resulta que las mujeres del pueblo habían pasado varías noches confeccionando trajes de morrache, para reemplazar los que el buen cura había confiscado. Fue una ingeniosa manera de no enfrentarse directamente al párroco y, a la vez, de afirmar con toda resolución la voluntad de mantener una tradición que todo el pueblo siente como profundamente suya.

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