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domingo, 7 junio 2020
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Los ídolos viejos en tiempo nuevos

Una vez más, como cada Semana Santa, cuando las lluvias y los soles de los abriles primaverales regresan, las calles de nuestro suelo patrio se llenan de imágenes ensangrentadas, tallas marianas dolorosas, cristos sufrientes, malvados sicarios latigando al inocente reo, todo ello entre ropajes de rancia evocación barroca, vestimentas ancladas en el pasado tenebroso y ascético de la Contrarreforma hispana. Una puesta en escena impecable para el teatro de la sangre y la cruz, como gusta en nuestra cultura popular: siempre la sangre y el dolor como revulsivo catártico colectivo. Antes buscábamos minorías como chivos expiatorios para el castigo, aplicando lo ejemplarizante, y de paso servir de válvula de escape para la presión social y económica que sufrían las clases bajas y medias. En medio de este ambiente era fácil que surgiera una religiosidad de la penitencia, el castigo, el dolor autoinfligido con prácticas de origen medieval potenciadas a raíz del Concilio de Trento con las cofradías penitenciales.

Pero en España ¿a dónde nos lleva esto? Como cristiano no dejo de sentirme perplejo ante el increíble proceso de involución en la Iglesia; en los últimos años hemos podido asistir de nuevo a la reimplantación de prácticas, ritos y ceremonias más propios del nacionalcatolicismo, y de la más reaccionaria visión de la cristología que se vivía en este país en la posguerra, cuando el estado dictatorial y la cúpula eclesial habían marcado un destino uniforme para la religiosidad controlada como demostración de poder. Es sintomático que el auge de las cofradías y el tejido asociativo en la Iglesia, siempre vigilada por la ortodoxia católica clerical, vaya parejo a una teología ascética ultraconservadora y una puesta en escena neobarroca. Y es que en este país los procesos de la Fe se han movido entre la ortodoxia oficial y el castigo a lo que se consideraba heterodoxo continuamente.

No es de extrañar que nuestra cultura hispana tengo esto muy asentado y asumido, pues la fenomenología religiosa que detectamos en la historia de nuestros pueblos ofrece una versión de lo sagrado que se inspira y reproduce esquemas ancestrales. De nada ha servido en España el pensamiento de reformadores teológicos que intentaban aportar luz en el progreso de la comprensión del Evangelio y el mensaje liberador de Jesús de Nazareth. Todo ha ido cayendo en papel mojado, y el esfuerzo que se hizo tras el Concilio Vaticano II para depurar tanta carga de ritualización inútil y nada constructiva se desmoronó en pocos años con la era Wojtyla. De tal manera que junto a ese poso de carácter antropológico que las diferentes culturas de la España histórica han ido dejando de un atávico culto a los objetos, imágenes, reliquias, etc. se une el bien estudiado concierto entre devoción popular y herramientas de poder eclesial para ofrecernos un espectáculo de la más acendrada idolatría.

Pues no de otra de manera se puede entender que gentes que no tienen ningún contacto con lo sacramental, ni lo pastoral, ni lo celebrativo prácticamente, de carácter religioso, se transforme cada primavera en ávidos cofrades para vestirse de unos hábitos claramente extemporáneos y se partan el pecho por unas imágenes que para ellos representan conceptos teológicos y cristológicos de lo más disparatado. En el mejor de los casos responde a una fe ingenua e infantil que la propia Iglesia alimenta con este tipo de prácticas para mantener fundamentos anquilosados en teologías más propias del siglo XVII que de una necesaria depuración de la Fe que ponga al ser humano del siglo XXI ante la realidad el mundo y la esperanza que en el futuro se requiere.

César Pacheco

2 Comentarios

  1. Vaya colección de tópicos, lugares comunes, prejuicios y desconocimiento…
    Típico “artículo” de un ignorante acomplejado que cree que, porque ha leído cuatro tontunas, ya sabe algo y puede aportar.

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