sábado, 4 diciembre 2021

Ansiedad

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Ha pasado la Semana Santa y Las Mondas y comienzan pronto las talaveranas ferias de San Isidro 2018 y les prometo que no estoy para ferias, fiestas ni acontecimientos sociales de ninguna índole. Desde que cumplí casi seis décadas de existencia me he quedado como destemplado. Mi vida es como una parrilla de salida de coches amontonados en la que ninguno puede arrancar. Miro para atrás, adelante y a los lados y todo lo veo negro. El médico me ha dicho que tome besitran y Martín, mi compañero del alma, que eche un buen polvo. Agradezco las sugerencias del doctor y de mi querido Martín, pero ni tengo ganas de meter mierda en el cuerpo y tampoco se si mi amorcillado miembro viril podría, en un momento dado, estar a la altura de las circunstancias. Pongamos pues, tupido velo ya que como reza el sabio refranero, a “buey viejo, no le falta garrapata” y habrá que ir haciéndose a la idea de ahora en adelante, de tener que ir soportando el rigor de los años.

Mi carácter hipocondríaco me obligaba a acudir una madrugada de hace tres semanas al servicio de urgencias del hospital. No podía respirar, me ahogaba, un enorme desasosiego no me dejaba vivir y merodeaban por mi cabeza las más terribles enfermedades y tenebrosas ideas. Mientras esperaba me llamasen, una señora peruana, acompañada por todo un séquito de familiares y allegados se quejaba de un terrible dolor en la espalda; una pareja de jóvenes chinos permanecían estáticos y en silencio, era un misterio el motivo de la visita a urgencias de la oriental pareja; un gitano, acompañado por su prole, porfiaba con los guardas jurados; un rumano, se quejaba a voz en grito de un tremendo golpe que tenía en el píe izquierdo, ya que según explicaba, se le había caído una televisión encima y una señora marroquí, escondía su rostro tras sendo velo, mientras se quejaba de un enorme dolor de estómago. Mientras tanto, las ambulancias iban y venían, los celadores dormitaban; la gente allí presente se quejaba, protestaba y discutía. Una señora mayor me preguntaba: “¿y a Vd. que le pasa?”, “que me asfixio señora”, la respondí escueto y secante. “Jesús…”, profirió a continuación la buena mujer.

Tras más de tres horas de espera y una vez realizadas las pruebas de rigor, un joven médico ecuatoriano me diagnosticaba ansiedad y me dosificaba un ansiolítico. Así pues, cuando asomaban tímidas, las primeras luces del día, comenzaba medroso, el trinar de los pájaros y con la alegría de no ser víctima de ninguna mayúscula miseria en mi organismo, regresé a casa con el firme propósito de dormir a pierna suelta.

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Me levanté de la cama aturdido y destemplado. Cuando estaba en la ducha, por un instante recordé los consejos de mi buen amigo Martín, pero confieso que fue algo efímero pues de súbito se me vino a la cabeza que era domingo y aún no había escrito mi artículo semanal para AHORACLM.COM. Me vestí, encendí el ordenador y poco a poco mi cabeza se iba amueblando. Me di cuenta que tenía que hacer la declaración sobre la renta, ir al banco a negociar la hipoteca, pasar la I.T.V., recurrir dos multas de tráfico, pedir cita en el centro de salud… De nuevo me ahogaba, aunque en esta ocasión, no me preocupé demasiado, pues un médico ecuatoriano me había dicho la noche anterior que era ansiedad.

 

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